si te llamara. Me seguirías?

Tuesday, March 14, 2006

VEN Y SIGUEME



Si sueñas con vivir la Vida Plena...
¡VEN Y SÍGUEME!
Si tu barca no acaba de tocar la otra orilla...
¡VEN Y SÍGUEME!
Si quieres compartir mi Mesa y mi Camino...
¡VEN Y SÍGUEME!
Si sientes el aliento que te empuja al desierto...
¡VEN Y SÍGUEME!
¡Ven!

Sígueme en la Montaña,donde los pobres son felices.
Sígueme en los caminos,donde la lepra y la ceguera aguardan curación.
Sígueme en la oración,donde leerás la vida a la luz de mi Rostro.
Sígueme hasta la Cruz y no vuelvas la cara de espanto y de terror.
Sígueme hasta el sepulcroy serás ante los pueblos testigo de mi vida.
Mientras los muertos entierran a sus muertos.
¡VEN Y SÍGUEME!
Mientras reparten las herencias y llenan los graneros,
¡VEN Y SÍGUEME!
Mientras construyen castillos sobre arena al precio de la sangre de los pobres,
¡VEN Y SÍGUEME!
Mientras luchan por la fila delantera y pierden la Belleza,
¡VEN Y SÍGUEME!
Mientras echan raíces en el páramo y se sientan al lado del camino,
¡VEN Y SÍGUEME!


(DE LA CARTA DEL PRESBITERIO DE CIUDAD REAL AL PUEBLO DE DIOS)

¡VE!


El Señor me dijo:
-¡Ve!

Me quedé del todo frío.
Pregunté: -¿Qué dices?¿Yo?

-Sí, tú mismo. Te he elegido.

Al instante respondí:
-No estoy ni libre ni listo.
No soy la persona idónea.
Desconozco tus motivos.

Repitió su encargo:
-¡Ve!
No me pongas pegas-dijo.

-Pero, Señor, que no quiero.

-Lo sé, pero te necesito.

-Mira, Señor, no porfíes,
tengo asuntos, no es mi estilo,
me asusta hablar a la gente,
no me metas en más líos.

-Tonterías –Dios repuso-.
Por tercera vez insisto.

-Pero ¿es que tengo que hacerlo?

-¿No me quieres?¿No eres mi hijo?

-Me da miedo, mucho miedo.
Se reirán de lo lindo
y además solo no puedo.

-¿Tú solo?¿Quién lo ha dicho?
No te dejaré un momento,
estaré siempre contigo.

Me pidió de nuevo: -¡Ve!

-Aquí me tienes, Dios mío.
Iré a donde tú me mandes,
Indícame tú el camino.

-No temas nada de mí.
Sólo quiero ser tu amigo.

-¿Temerte, mi amor, mi dueño?
De ti del todo me fío.



Louis Hodrick

Sunday, March 12, 2006

LA LLAMADA




Si escuchas la voz del viento
llamando sin cesar,
si escuchas la voz del viento
mandándote esperar.
La decisión es tuya
Son muchos los invitados,
pocos los decididos.
Si escuchas la voz de Dios
llamando sin cesar,
si escuchas la voz del mundo
queriéndote engañar.

La decisión es tuya
Son muchos los invitados,
pocos los decididos.





¿Religioso?

Friday, March 10, 2006

«Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas»


MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
PARA LA CUARESMA 2006



«Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas» (Mt 9,36)



Amadísimos hermanos y hermanas:



La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquél que es la fuente de la misericordia. Es una peregrinación en la que Él mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza, sosteniéndonos en el camino hacia la alegría intensa de la Pascua. Incluso en el «valle oscuro» del que habla el salmista (Sal 23,4), mientras el tentador nos mueve a desesperarnos o a confiar de manera ilusoria en nuestras propias fuerzas, Dios nos guarda y nos sostiene. Efectivamente, hoy el Señor escucha también el grito de las multitudes hambrientas de alegría, de paz y de amor. Como en todas las épocas, se sienten abandonadas. Sin embargo, en la desolación de la miseria, de la soledad, de la violencia y del hambre, que afectan sin distinción a ancianos, adultos y niños, Dios no permite que predomine la oscuridad del horror. En efecto, como escribió mi amado predecesor Juan Pablo II, hay un «límite impuesto al mal por el bien divino», y es la misericordia (Memoria e identidad, 29 ss.). En este sentido he querido poner al inicio de este Mensaje la cita evangélica según la cual «Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas» (Mt 9,36). A este respecto deseo reflexionar sobre una cuestión muy debatida en la actualidad: el problema del desarrollo. La «mirada» conmovida de Cristo se detiene también hoy sobre los hombres y los pueblos, puesto que por el «proyecto» divino todos están llamados a la salvación. Jesús, ante las insidias que se oponen a este proyecto, se compadece de las multitudes: las defiende de los lobos, aun a costa de su vida. Con su mirada, Jesús abraza a las multitudes y a cada uno, y los entrega al Padre, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio de expiación.



La Iglesia, iluminada por esta verdad pascual, es consciente de que, para promover un desarrollo integral, es necesario que nuestra «mirada» sobre el hombre se asemeje a la de Cristo. En efecto, de ningún modo es posible dar respuesta a las necesidades materiales y sociales de los hombres sin colmar, sobre todo, las profundas necesidades de su corazón. Esto debe subrayarse con mayor fuerza en nuestra época de grandes transformaciones, en la que percibimos de manera cada vez más viva y urgente nuestra responsabilidad ante los pobres del mundo. Ya mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, identificaba los efectos del subdesarrollo como un deterioro de humanidad. En este sentido, en la encíclica Populorum progressio denunciaba «las carencias materiales de los que están privados del mínimo vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo... las estructuras opresoras que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de las explotaciones de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones» (n. 21). Como antídoto contra estos males, Pablo VI no sólo sugería «el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza, la cooperación en el bien común, la voluntad de la paz», sino también «el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin» (ib.). En esta línea, el Papa no dudaba en proponer «especialmente, la fe, don de Dios, acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad de la caridad de Cristo» (ib.). Por tanto, la «mirada» de Cristo sobre la muchedumbre nos mueve a afirmar los verdaderos contenidos de ese «humanismo pleno» que, según el mismo Pablo VI, consiste en el «desarrollo integral de todo el hombre y de todos los hombres» (ib., n. 42). Por eso, la primera contribución que la Iglesia ofrece al desarrollo del hombre y de los pueblos no se basa en medios materiales ni en soluciones técnicas, sino en el anuncio de la verdad de Cristo, que forma las conciencias y muestra la auténtica dignidad de la persona y del trabajo, promoviendo la creación de una cultura que responda verdaderamente a todos los interrogantes del hombre.




Ante los terribles desafíos de la pobreza de gran parte de la humanidad, la indiferencia y el encerrarse en el propio egoísmo aparecen como un contraste intolerable frente a la «mirada» de Cristo. El ayuno y la limosna, que, junto con la oración, la Iglesia propone de modo especial en el período de Cuaresma, son una ocasión propicia para conformarnos con esa «mirada». Los ejemplos de los santos y las numerosas experiencias misioneras que caracterizan la historia de la Iglesia son indicaciones valiosas para sostener del mejor modo posible el desarrollo. Hoy, en el contexto de la interdependencia global, se puede constatar que ningún proyecto económico, social o político puede sustituir el don de uno mismo a los demás en el que se expresa la caridad. Quien actúa según esta lógica evangélica vive la fe como amistad con el Dios encarnado y, como Él, se preocupa por las necesidades materiales y espirituales del prójimo. Lo mira como un misterio inconmensurable, digno de infinito cuidado y atención. Sabe que quien no da a Dios, da demasiado poco; como decía a menudo la beata Teresa de Calcuta: «la primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo». Por esto es preciso ayudar a descubrir a Dios en el rostro misericordioso de Cristo: sin esta perspectiva, no se construye una civilización sobre bases sólidas.




Gracias a hombres y mujeres obedientes al Espíritu Santo, han surgido en la Iglesia muchas obras de caridad, dedicadas a promover el desarrollo: hospitales, universidades, escuelas de formación profesional, pequeñas empresas. Son iniciativas que han demostrado, mucho antes que otras actuaciones de la sociedad civil, la sincera preocupación hacia el hombre por parte de personas movidas por el mensaje evangélico. Estas obras indican un camino para guiar aún hoy el mundo hacia una globalización que ponga en el centro el verdadero bien del hombre y, así, lleve a la paz auténtica. Con la misma compasión de Jesús por las muchedumbres, la Iglesia siente también hoy que su tarea propia consiste en pedir a quien tiene responsabilidades políticas y ejerce el poder económico y financiero que promueva un desarrollo basado en el respeto de la dignidad de todo hombre. Una prueba importante de este esfuerzo será la efectiva libertad religiosa, entendida no sólo como posibilidad de anunciar y celebrar a Cristo, sino también de contribuir a la edificación de un mundo animado por la caridad. En este esfuerzo se inscribe también la consideración efectiva del papel central que los auténticos valores religiosos desempeñan en la vida del hombre, como respuesta a sus interrogantes más profundos y como motivación ética respecto a sus responsabilidades personales y sociales. Basándose en estos criterios, los cristianos deben aprender a valorar también con sabiduría los programas de sus gobernantes.



No podemos ocultar que muchos que profesaban ser discípulos de Jesús han cometido errores a lo largo de la historia. Con frecuencia, ante problemas graves, han pensado que primero se debía mejorar la tierra y después pensar en el cielo. La tentación ha sido considerar que, ante necesidades urgentes, en primer lugar se debía actuar cambiando las estructuras externas. Para algunos, la consecuencia de esto ha sido la transformación del cristianismo en moralismo, la sustitución del creer por el hacer. Por eso, mi predecesor de venerada memoria, Juan Pablo II, observó con razón: «La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una “gradual secularización de la salvación”, debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral» (Enc. Redemptoris missio, 11).




Teniendo en cuenta la victoria de Cristo sobre todo mal que oprime al hombre, la Cuaresma nos quiere guiar precisamente a esta salvación integral. Al dirigirnos al divino Maestro, al convertirnos a Él, al experimentar su misericordia gracias al sacramento de la Reconciliación, descubriremos una «mirada» que nos escruta en lo más hondo y puede reanimar a las multitudes y a cada uno de nosotros. Devuelve la confianza a cuantos no se cierran en el escepticismo, abriendo ante ellos la perspectiva de la salvación eterna. Por tanto, aunque parezca que domine el odio, el Señor no permite que falte nunca el testimonio luminoso de su amor. A María, «fuente viva de esperanza» (Dante Alighieri, Paraíso, XXXIII, 12), le encomiendo nuestro camino cuaresmal, para que nos lleve a su Hijo. A ella le encomiendo, en particular, las muchedumbres que aún hoy, probadas por la pobreza, invocan su ayuda, apoyo y comprensión. Con estos sentimientos, imparto a todos de corazón una especial Bendición Apostólica.





Vaticano, 29 de septiembre de 2005.
BENEDICTUS PP. XVI

ALGO DE NUESTRA HISTORIA

LOS AGUSTINOS RECOLETOS


Los agustinos recoletos son hijos de la restauración cristiana católica de la segunda mitad del siglo XVI. Nacieron en diciembre de 1588, en el seno de la provincia agustiniana de Castilla, instaurando un sistema de vida más austero y perfecto siguiendo la Forma de vivir, redactada por Luis de León, cuyos catorce capítulos concretan el deseo de mayor perfección, intensificando la vida contemplativa y comunitaria, y acentuando los rasgos ascéticos de la vida religiosa, que comenzaron a practicarse en el convento de Talavera de la Reina en octubre de 1589.



En 1602 la Santa Sede desligó los cinco conventos reformados de la obediencia del Superior Provincial de la Provincia de Castilla y erigió la Provincia San Agustín de Frailes Recoletos Descalzos de España, dependiendo del Prior General de la Orden, a cuya autoridad se le señalaban límites precisos. Tres años más tarde, el segundo Capítulo Provincial abrió la reforma al horizonte misional enriqueciendo el carisma y acomodándolo más al modelo agustiniano: servir a la Iglesia donde ella los necesite.



En 1621 la Santa Sede elevó la Provincia al rango de Congregación religiosa, encomendando su gobierno a un Vicario General elegido por sus miembros pero dejando intacta la jurisdicción del Prior General de la Orden de Agustinos. Ese mismo año se celebró el primer Capítulo General, en el que la Congregación se dividió en cuatro provincias: tres tenían sus conventos en España, y una en Filipinas. A principios del siglo XVII, a imitación de la recolección castellana, surgió otro movimiento reformador entre los agustinos colombianos.



En 1604, el consejo de la Provincia Nuestra Señora de Gracia les asignó el convento El Desierto de la Candelaria y les dio normas de vida, redactadas por Vicente Mallol, que estuvieron en vigor hasta que en 1616, los recoletos colombianos adoptaron la Forma de vivir de los recoletos españoles; en 1629 se incorporaron a la recolección castellana y en 1666 pasaron a formar la quinta provincia de la congregación.



Desde su nacimiento y hasta mediados del siglo XIX la congregación fue básicamente contemplativa y misionera; a partir de entonces experimentó un cambio profundo, las desamortizaciones de España (1835-1837) y Colombia (1861) la despojaron de sus conventos, impidiendo la vida común y la transformaron en una comunidad apostólica, es decir de vida activa.



A principios del siglo XX la comunidad consiguió plena autonomía jurídica. Por rescripto del 18 de julio de 1911, la Congregación de Religiosos sancionó su total independencia del Prior General de los Agustinos. Un año más tarde, el 16 de septiembre de 1912, Pío X la inscribía en el catálogo de las órdenes religiosas, concediendo a su superior el título y las facultades de Prior General. Desde esa fecha la Orden ha venido fortaleciéndose en diferentes países de cuatro continentes: Europa, Asia, África y América, sirviendo a la Iglesia en los apostolados: misional, parroquial y educacional, llevando a los hombres el mensaje cristiano desde la experiencia carismática.

¿Cuándo debo decidir mi vocación?


¿Cuándo debo decidir mi vocación?
Autor: P. Clemente González


¿Cuándo debo comenzar a decidir lo que debo ser?

Hay que estar atentos en todo momento. Y más que eso, hay que prepararnos en todo momento, ya que ni un buen esposo llega a serlo preparándose dos días antes, ni tampoco un sacerdote: hay que buscar ser mejores en todos los campos de la vida, en mi formación, en mi alegría, en mi caridad, en mi fidelidad, etc., para que cuando me llame Dios a escena, ya tenga el curso de actuación completo. Y sólo me falte repetir las líneas de mi libreto.


En todo momento, debo preguntarme qué es lo que Dios quiere de mí, pedirle su ayuda para encontrar mi camino. Y, en el momento en que sintamos el llamado, comenzar la búsqueda concreta y no dejar las cosas a la deriva, que si para eso fuimos hechos, ahí encontraremos la fuerza para ser plenamente felices.


¿Qué tan feliz quiero ser?

Esa es la trascendencia que tiene esta decisión. Por esto, después de la grandeza de tener la fe, tomar la decisión de seguir nuestra vocación se convierte en la segunda tarea más importante del hombre y de la mujer.

Últimamente, hemos visto que la gente no se decide a comprometerse en nada, ni a casarse ni a consagrarse. Y muchas veces, cuando lo hace, lo hace a medias, "por si no funciona":


• "Si no funciona el matrimonio, me divorcio"

• "Voy a probar para consagrarme, pero no me entrego todo".


Nadie puede saber qué se siente nadar por completo, si no deja de usar en algún momento flotadores; ningún paracaidista va a un salto con la idea de que "si no funciona, cambio de marca de paracaídas".


Estamos hechos para tomar decisiones como hombres y mujeres. Y saber afrontar las consecuencias de nuestros actos: esto es lo que realmente nos hace felices.
Qué el mundo con sus mediocridades y tibiezas nunca nos convenza de lo contrario.